Del azar y las probabilidades

La noche del miércoles 9 de diciembre es una de esas fechas que quedarán para el recuerdo en mi insignificante vida humana. Y es que en esa jornada, dos hechos inusuales marcaron el devenir del resto de acontecimientos. Son cuanto menos sorprendentes, aunque probablemente aquellos que más repudien mi persona menos importancia le den a lo que cuento a continuación:

Dramatización

– Blaster, 00:50 aproximadamente: primera edición del Birrafest, una iniciativa sustentada en dos horas de barra libre de cerveza para los amantes de esta bebida, por el módico precio de 8€. Allá fuimos, tres del cuarteto de los Follablogs, dispuestos a pasar un buen rato de alcohol a esgalla y rock ‘n roll. Hacia al final del evento, comenzaron a florecer vendedores de rifas para el sorteo de una cesta de Navidad. Ni corto ni perezoso, adquirí 30 participaciones por 1€, con la misma esperanza que tengo en todos los sorteos: ninguna. No recuerdo muy bien como se desarrollaron los acontecimientos a continuación, pero creo que fue así: la música desapareció del lugar y comenzó a crecer la tensión. El DJ de Blaster gritó un número- el “cientonosecuantos”- pero nadie lo tenía. Yoel, el papá del Birrafest, dijo “Bueno…pues el 234”. Y ese número estaba acurrucado entre sus hermanos que sujetaba en mis manos, con mis participaciones que iban del 220 hasta el 240, con otra serie de 10. Grité, incrédulo, “¡Yo, yo, YO!”. No sé si alguien aplaudió o me insultó, sólo sé que por primera vez, había ganado una cesta de Navidad llena de productos de Eroski.

Piso de estudiantes de Lorenzo y Mansilla, 03:00 aproximadamente: Vilar, Lorenzo y servidor, una vez en el hogar para dejar semejante regalo, nos relajamos un poco. La euforia había sido increíble. De la cesta de Navidad, decidimos abrir el paquete de galletitas saladas, el tentempié ideal para la resaca del triunfo. El azar, caprichoso como es él, guardaba todavía un as en la manga. No contento con haberme tocado en el sorteo del Blaster, decidió ponerse en la mano de Vilar y guiar la galletita salada que me había lanzado hacia mi boca para caer en el sitio exacto. El estado alcohólico de ambos, la distancia y las propiedades físicas del elemento arrojado hacían de este hecho una hazaña épica. Y así fue. Vilar y yo quedamos petrificados, habíamos vivido un instante mágico, de aquellos que no son captados por nada y que perdurarán para siempre en nuestras mentes.

A continuación regresamos a Blaster para seguir con nuestras vidas. El azar no quiso nada más, pero yo me doy satisfecho por el momento, a través de estos pequeños detalles casi insignificantes me doy cuenta de que el azar me ha tocado…y una vez que lo ha hecho, tal vez tenga ganas de repetir cuando lo estime necesario.

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4 comments

  1. Desde mi perspectiva fue una derrotavictoria:

    – Perdí en el sorteo, teniendo igualmente un popote de 30 rifas

    – El vivir contigo, hace que disfrute de forma comedida del premio. Algo bueno tenia que tener vivir con usted.

    Chistorra FTW.

  2. Suscribo lo dicho por Lorenzo, con la salvedad del disfrute compartido de la cesta, eso sí, los peces y el Fernando Alonso con el champagne no me lo quita nadie. También añadir que de mis 30 rifas, un alto porcentaje no tenían un número asignado, cabrones.

  3. Si el azar sólo te regalo una cutre-cesta y que te cayese una galleta lanzada en la boca, y con eso eres feliz, pues si que eres afortunado. O eso o idiota.

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