Para mí la perra chica

Yo soy más de gatos. Tal vez sean unos animales interesados, pero es que los perros son idiotas. Su lealtad ciega y sus ataques de felicidad histérica los delatan. Con estas ideas en mente, estaba visto a quién le tocaba pringar con la perra mientras mis abuelos se iban de excursión con el IMSERSO. Pero bueno, en peores plazas hemos toreado, esta experiencia piloto me permitiría saber si estoy capacitado para cuidar de animales en un piso universitario, dos factores (animal + piso universitario) que irremediablemente implican problemas para los dueños y/o muerte para el animal.

Pero si ya este hecho puede considerarse una desdicha, mi caso particular tenía mucha más miga. Porque no se trataba de un bonito Cocker Spaniel o una monada de Bulldog francés: era un cruce de Yorkshire alopécico con un Gremlin. Y como guinda la perrita de medio kilo no tenía un simpático y/u original nombre, sino que se llamaba Pepa. Vulgarmente es conocida esta raza como “perro lambeconas” o “perro patada”, crueldad a la que no falta algo de razón. Todos estos ingredientes formaban un cóctel explosivo que se iría sirviendo poco a poco desde la mañana del domingo hasta la tarde del miércoles.

Lo bueno de Pepa es que no ladraba mucho y apenas estorbaba. Lo malo era que no paraba de llorar sino estaba acompañada de gente (a veces, sólo bastaba con que no estuviese en el colo para que empezase a gimotear), cagaba y meaba dentro de casa (lamentablemente se aficionó con la habitación de mi compañero de piso), sufría un transtorno bipolar (ataques de euforia demencial seguidos de depresiones profundas), no hacía nada gracioso y tenía miedo hasta de su propia sombra, por lo que se ponía a temblar en cualquier momento.

Aunque Pepa cagase y mease dentro de casa, había que intentar reeducar su conducta, por lo que la llevaba de paseo por la Alameda. Pero la perra no tenía la costumbre de pasear con correa, por lo que no paraba de ir sin un rumbo concreto, molestando al resto de transeúntes y enrollando mis piernas constantemente. Sin embargo, he de admitir que no deja de resultar curioso el protocolo secreto entre dueños de perros: como es secreto, ninguno de los que paseamos a Pepa llegamos a saber cómo actuar correctamente a la hora de cruzarnos con otros perros, aunque sus dueños nos hiciesen gestos cifrados.

Y sí, esto va por ti, lector insaciable de mujeres: tener un perro incrementa las posibilidades de que las chicas se fijen más en ti. Durante esos días varias fueron las chicas que me sonrieron prendadas por el encanto natural de Pepa, mientras suplicaba temblorosa por volver a casa. No todas las féminas adoran los animales (me conozco alguna), pero un sector considerable aman cualquier criatura peluda.

Basado en hechos reales

En definitiva, el paso de Pepa por mi piso durante casi cuatro días se traduce en cuatro cagadas en el piso, tres meadas en mi habitación y otra en la Miniconchi, un calcetín de Alba roto, dos horas de lamentos, casi un kilómetro de paseos e innumerables kilos de felicidad cuando me lamía y arañaba la cara cada mañana. Le deseo todo la suerte del mundo en su futuro.

6 comments

  1. Pobriña, yo quería que se quedase para siempre😦 Y ella también me quería a mí

    Eres un imbécil por poner lo de la caída. ¿Por qué no cuentas la patada que le diste? Con mi minicaída no lloró, al menos.

  2. Un can é un can, non un poema.
    Sintoo por Alex, mais a experiencia foi boa.
    Que sería dun pequerrecho nas vosas mans?
    Non quero nin pensalo :os cueiros apestando, os horarios desfasados…Un can pon responsabilidade na vosa vida.
    Pon un cadelo na tua vida!
    Eu tamén prefiro a Tina, porque vai a súa bola, of course…

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