¡No me animes!

Arrancar un personaje de ficción de sus estáticas viñetas para insuflarle vida a través de la animación es una proeza muy arriesgada. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La presión de no dañar el ego de sus autores originales es muy grande, pero la presión de respetar a legiones de fans entregados a las aventuras de su héroe favorito es casi inconcebible. Como productor tienes que tener muchas ganas de ganar pasta arriesgándote a que se te echen encima a la mínima. Como animador o director, el reto va más allá, no sólo es por la pasta, va por el ARTE en mayúsculas.

Los años 60 eran otros tiempos. No existía Internet, los fans no tenían conciencia como masa con poder, el feedback se reducía a saturar las editoriales de cartas, dónde va a parar. Muy remota era la posibilidad de ejercer una presión similar a la de nuestros tiempos, donde es posible incluso resucitar series canceladas- véase Family Guy o Futurama-. Si no, es inexplicable, a pesar del encanto y la magia de lo cutre, que pudiesen existir sobre la faz de este mundo dos series que son santo de mi devoción: Batman de 1966 y la serie animada de Spiderman de 1967.

Existen entre ambas producciones muchos puntos en común: se tratan de series para televisión sobre superhéroes de cómics. Y el más evidente: el único parecido que tienen con la obra original son los personajes, punto. El espíritu se encuentra traicionado, la dignidad ultrajada. Como adaptación, el resultado es un despropósito. Pero, ¿por qué exactamente?

La adaptación de un cómic al audiovisual entraña muchos riesgos: tienes que dotar de movimiento unas aventuras hasta el momentos condenadas al estatismo, elegir unos rasgos que no existen en el cómic (voz en el caso de la animación, además de un físico en el caso de adaptar al plano de la realidad)… Complicado conseguir el beneplácito de los fans contando con recursos económicos, misión imposible si no es así. Aunque también hay que tener en cuenta que los primeros números de estos superhéroes están bastante alejados de la psicología profunda y madura que subyace en los guiones de Mark Millar o las adaptaciones cinematográficas de Christopher Nolan, todo hay que decirlo. El trasfondo de inculcar buenos valores y un sentido de la justicia a través de personajes con mallas impresos a cuatro colores, aunque fuese ganando en cantidad y calidad con los años, está presente.

La serie de Batman (1966-1968) tenía el doble reto de ser una adaptación audiovisual y además en carne y hueso, obligando a realizar una puesta escena real de la Batcueva, todo su arsenal tecnológico y demás gadgets, amén de la larga lista de enemigos como Joker o Enigma. Esta dificultad de trasladar elemento del papel a la pequeña pantalla ya se manifiesta en el episodio piloto. Detalles ya míticos de esta serie son los clásicos momentos de Batman y Robin escalando por las paredes (en una viñeta no llama tanto la atención ver a dos hombretones disfrazados, pero en un plano de medio minuto queda un tanto risible) o las peleas donde los puñetazos se combinaban con onomatopeyas impresas en la imagen junto con trompetazos. La fantasía del cómic se transformaba aquí en una estética camp (exagerada, banal, artificial hasta rozar lo atractivo) con escenarios saturados de colores chillones y personajes con una psicología totalmente plana hasta rozar el absurdo (como la incondicional fe del dúo en la ley y las autoridades: en el episodio piloto, Robin no puede acompañar a Batman en una discoteca porque es menor de edad).

Por otra parte, la serie de Spiderman resulta defectuosa en su adaptación por otras causas. Esta primera serie animada sobre este personaje (1967-1970) fue una coproducción de EEUU y Canadá que contó a partir de su segunda y tercera temporada con la participación de Ralph Bashki, un sello de animación inconfundible, como demuestran sus adaptaciones de Fritz the Cat o El Señor de los Anillos. Así como en Batman su buque insignia era la estética camp, aquí lo es la chapuza de su animación. Puedo comprender que no contasen con muchos recursos económicos y que la animación en aquella época fuese muy difícil, pero el descarado reciclaje de animaciones y los aberrantes fallos anatómicos entre plano y plano son escandalosos hasta sumergirse en lo cutre. En el nivel narrativo tampoco está demasiado trabajado: el primer capítulo de la segunda temporada, basado en el cómic original que inauguró sus aventuras, un tercio del tiempo consiste en repeticiones de Peter Parker descubriendo su nueva personalidad y saltando de un lado para otro sin ton ni son. En otros capítulos, no es extraño encontrarse con el hombre araña recibiendo golpes, siendo atrapado una y otra vez, entre otros desfalcos.

Estas dos series, a pesar de todas las catástrofes que presentan, hacen de sus defectos una virtud, puesto que su encanto nace de su ingenuidad y candidez. Seguramente muchos fans de estos superhéroes no les tengan manía a este par de producciones, porque no son sus Spiderman y Batman, si no los Spiderman y Batman de la TV de los 60. Ahora bien, en estos tiempos, a la hora de adaptar personajes de cómics, hay que andar con mucho ojo (véase Dragon Ball).

Que alguna distribuidora se anime a comercializar los DVDs de estas series: tienen potencial.

¡Era todo un artifisio!

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