Las bicicletas son para la Leonardo

Allá en Coruña, soy un frustrado ciclista en ciudad. Si atendemos a la jerarquía vial, los peatones se encuentran en lo más alto porque campan a sus anchas por las aceras y los coches les ceden el paso cuando cruzan por la carretera. En el último escalón, en la escoria más absoluta se encuentran los ciclistas, que a pesar de contar con el servicio municipal de bicicletas, no tienen sitio por donde circular (aceras estrechas con peatones encabronados, carreteras también estrechas por coches aparcados en doble fila y otros tantos yendo fostiados). Si a esto le sumas que la orografía curuñesa tiene los mismos desniveles que el Dragon Khan y los kilómetros de carril bici se reducen a un tramo del Paseo Marítimo (que la gente piensa que es todo el paseo, pero ni de coña), este medio de transporte seduce bien poco por lo escaso de su pragmatismo.

Así no

Cuando sono arrivato a Rimini, lo flipé en colores: una ciudad ABSOLUTAMENTE LLANA. Pero llanísimo, absolutamente plano, una auténtica maravilla. Hordas de ciclistas iban de un lado a otro, todo queda a un tiro de piedra cuando tienes bicicleta y yo aquí valiéndome únicamente de mis piernas. Mi frustración se agravó al comprender que aquí la jerarquía vial es inversamente proporcional a la curuñesa: los peatones son la última escoria, apartándose en la acera cuando los orgullosos y engreídos ciclistas a la mínima te timbran para que les dejes pasar y las expresiones “preferencia peatonal” o “paso de cebra” no existen en los diccionarios de los conductores italianos.

Así, sí

Son sólo tres meses” -pensé para mis adentros- “puedo aguantar caminando el trayecto de quince minutos al trabajo cuatro veces al día sin problema“. Pero así se sucedían estos paseos durante dos semanas, mis ganas de ir a todo gas siempre, la envidia que me producían los ciclistas a mi alrededor y lo LLANO, LO TERRIBLEMENTE LLANO que es Rímini, hacían que algo se moviese en mi interior. A cada metro miraba con más codicia las bicicletas aparcadas y especialmente aquellas sin cadena para amarrarse. Todo esto espoleado por lo poco asequible de los precios de las biciclettas de segunda mano. Sí, me estaba breaking bad, mi Heisenberg estaba ganando el pulso a Walter White. Y no me gustaba, no.

Nos habían comentado que en Padova había un tal Mefistófeles reconvertido a Omar Little, que podría solucionar este pequeño problemilla vital. Obcecado por mis deseos oscuros, no lo dudé y en cuanto estuve por aquella ciudad, decidí ofrecerle mi alma -con un plus económico- para satisfacer mi demanda. Ahora mismo, la Victory es mía, aunque apenas le haya dado uso, y las consecuencias fueron instantáneas y brutales. Lamento ser tan críptico, pero el trasfondo se entiende: el Karma existe, y si realizas o apoyas al mal, el mal se cernerá sobre ti. Ahora quedan dos meses por delante para saber si la transacción ha compensado o no. Mientras tanto, le daré al pedal el tiempo que pueda.

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