Materia de Universi…d’oh!

De los muchos agujeros e incongruencias que se podían encontrar en el plan de estudios de nuestra promoción de Comunicación Audiovisual, hay un olvido imperdonable que no creo que muchos académicos compartiesen conmigo, pero que considero casi esencial. Estudiamos un poco el tema de pasada en Teoría e Historia de los Géneros en Cine, Radio y Televisión, aunque para lo que me refiero necesitaríamos más bien una materia tipo Análisis de la ficción seriada de la TV estadounidense, una tapadera espléndida para dar clase exclusivamente de una serie: Los Simpson.

Desde que se estrenó como corto animado de The Tracey Ullman Show en 1987 hasta la actualidad, la serie ha tenido de todo. Mis primeros visionados fueron capítulos grabados de La 2 en una cinta VHS de varios dibujos animados que vería una y otra y otra vez (adelantándome a la política de los programadores de Antena 3), de los que recuerdo Bart, el genio (¡estáis asfixiando mi creatividad!), Hogar, agridulce hogar (¡no le corrijas, Brut!), Krusty entra en chirona (si cada día que me dices adiós, muero un poquito…) y El blues de la Mona Lisa (el blues del jamón que jamás pude jamar), que para alimentar traumas infantiles estaba cortado cuando le quedaban tres minutos al capítulo. Después de asentar este poso de entrega total, comenzaron las emisiones vespertinas de Antena 3 justo después de Alta Tensión con Constantino Romero, la comercialización de VHS recopilando varios capítulos y finalmente las dobles emisiones en horario de mediodía, lo que se traduce en años y años de fiel visionado.

Eso sí, dentro de mi fanatismo por la serie, tengo que confesar que como muchos otros hace varias temporadas he dejado de seguir sus nuevas aventuras, y en el eterno debate de si es que Los Simpson ya no son lo que eran o, tal vez, nosotros no seamos los espectadores que éramos, me inclino a que el nivel de la serie ha sufrido un desgaste lógico tras tanto tiempo en antena que hace que no brille como en su época más dorada.

Algunos se preguntarán, ¿y por qué Los Simpson y no otra serie como para dedicarle una materia en exclusiva? Tanto por extensión (a día de hoy, 24 temporadas ininterrumpidas en antena) como por la calidad alcanzada durante una época gloriosa de la serie (que muchos sitúan en los capítulos que van de la cuarta a la octava temporada) es una referencia obligada en televisión. Así mismo, podría considerarse como una enorme enciclopedia de referencias culturales del siglo XX, porque el número de guiños a películas, libros, personajes públicos, eventos históricos, etc.; resulta difícil de cifrar a lo largo de más de 500 capítulos. Y porque si bien Los Simpson cuentan con antecedentes claros, como es el caso de Los Picapiedra (del que un colega afirma que sufre constantes fusilamientos, como la trama de un capítulo en el que Pedro le regala a Wilma una bola para los bolos), la familia amarilla es el faro de la animación televisiva, tanto para adultos como pequeños, alumbrando pasado, presente y futuro. Incluso otra serie contemporánea suya que no deja títere con cabeza, South Park, ha rendido homenaje a la cantidad de tramas geniales de Los Simpson, bromeando con la incapacidad de generar historias que no haya vivido ya el clan de Springfield, con el capítulo Simpsons Already Did It.

Pero es que esta serie como materia de estudio daría lugar a inagotables cuestiones: fenómenos culturales como los que se producen en YouTube, donde en los comentarios entre fans del doblaje latino y el castellano acaban siempre en enzarzadas disputas con el colonialismo de fondo; también cómo la muerte del doblador español de Homer (Carlos Revilla, nunca te olvidaremos) supuso también la pérdida de calidad de los argumentos de la serie (curioso caso digno de debatir); la evolución que ha sufrido su animación desde sus comienzos hasta su salto a la pantalla grande; la creación de un universo diegético tan vasto e inigualable como Springfield, donde estereotipos como el tonto del pueblo, el alcalde corrupto, el magnate malévolo, la profesora solterona, los malotes del barrio, el malhumorado dueño del bar o el vecino santurrón adquieren con el tiempo unas dimensiones inconcebibles en otras series. Y porque no entramos a analizar brillantes capítulos, que merecerían páginas de comentarios: la dupla de Connan O’Brien (Marge contra el monorrail y Homer va a la Universidad), ¿Quién disparó al señor Burns?, El enemigo de Homer, El cabo del miedo, Rosebud, los especiales de Halloween… Y la larga lista de inolvidables gags y coletillas pronunciadas por muchos de nosotros cuando nos encontramos con otros apasionados (y que sirvió de inspiración para este sobrecogedor y maravilloso cómic breve de Rebecca Sugar)… En definitiva, si esto no es carne digna de estudio académico en el plano audiovisual, yo no sé qué puede serlo.

Joróbate, Flanders.

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