Música

hulio-2018

Crónica Festivalera HULIO 2018

La crisis de los 30 ha comenzado antes de cumplirlos. Embárcate conmigo en esta aventura sin igual, ponte la pulsera “Mansilla’s Hulio Fest”, cambia tu dinero por fichas, coge tu vasilitro de cerveza, y prepárate: va a ser un viaje movidito de festival en festival.

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Gotye, Gotye everywhere

 

[Bonus track: verídico lo de que llevo más de una semana escuchando la canción al menos una vez al día. Bares, viajes en coche, supermercados, pubs… en cualquier lugar Gotye me acecha. Lo curioso del asunto es que ayer a la noche le comenté a Quique el suceso y me dijo que estaba fuera de todo, que NO CONOCÍA A GOTYE. Supongo que me tunó, porque a estas alturas, resulta físicamente imposible…somebody…]

Top de Música de Videojuegos

La nostalgia me acecha y últimamente vienen a mi recuerdo varias de las melodías de los juegos nintenderos con los que viciaba en mi adolescencia. Más allá de la maravillosa jugabilidad que tenían todos ellos, el apartado musical me parece de quitarse el sombrero en casi todos… A continuación haré un minilistado de melodías que bien valdrían un playlist en un reproductor musical:

Saria’s Song (Zelda: Ocarina of Time – N64). Como juego, a pesar de la leyenda de este en concreto, me fascinó mucho más WindWaker, aunque esta melodía la llevo pegada como un chicle desde hace ya bastante tiempo…

Final Boss Music (Donkey Kong Country – SNES). Probablemente, uno de mis jefes finales favoritos, de un juego absolutamente recomendable e imperecedero a través de los tiempos. King K. Rool es un bicho de mucho cuidado, y la melodía pirata que se va transformando en pastilleo es la leche.

Water Theme (Super Mario 64 – N64). Otro juegazo. Y al igual que las fases acuáticas del Donkey Kong Country, la música era tan relajante que es recomendable meterse en la bañera y dejarla puesta para alcanzar el Nirvana.

Platforms A Plenty! (Super Mario Sunshine – Gamecube). Es escuchar esta version a capella de una de las clásicas canciones de Super Mario y recordar los travellings de las pantallas de plataformas más jodidas y enrevesadas que tuve que superar para conseguir un maldito Sunshine.

Dr. Mario Theme Song (Super Smash Bros – Gamecube). La versión cañera que se marcaron para el juego de lucha más molón de Nintendo (¿alguien ha dicho infantil? ¡Iros al Infierno!) también se niega a abandonar mis recuerdos.

Route 1 Theme (Pokemon Blue/Red – Gameboy). No es ni mucho menos espectacular, pero tantas horas de juego y lo pegadizo de la canción hacen que la incluya en esta minilista. Que incluso suena en un cochecito para niños que tienen en el Puerto de Ocio…

Rainbow Road (Mario Kart 64 – N64). Evidentemente, no podía acabar esta selección sin incluir algún tema de la saga por antonomasia de mi selección particular…

Discos: Raphael 50 años después

Las voces más grandes todavía siguen resonando a través de los tiempos y España puede presumir de tener una cantera de órdago. Aunque el tiempo pase, los grandes perviven en la memoria y alguno de ellos no se dan por vencidos en su particular pulso contra la parca. Como algunas canciones son capaces de elevarte hasta el cielo y sentir en tus manos el poder cósmico, Raphael ha decidido quedarse con las estrellas y pedirle  un poco de su polvo estelar para hacer posible este disco que es pura magia. Veinte temazos donde se conjugan todo tipo de astros- desde Ana Torroja hasta Carlos Baute, pasando por Alaska y Víctor Manuel-para que la voz del ruiseñor de Linares lea su carta astral y nos permita a todos alcanzar las más altas cotas de paroxismo orgásmico. Si eres de los que todavía cuentan con una mente cerrada incapaz de dejarse embriagar por los medios tonos de esta leyenda viva de la música, es el momento de que dejes la puerta abierta.

Venga va, un 8,75

La cantante de Los Punsetes

Fui al Festival do Norte con una clara intención: pasármelo bien. Llegué sonándome únicamente el nombre de Los Planetas y teniendo vagas referencias del resto de grupos que iban a tocar. Tanto daba, acompañado de buenos amigos y en una leira que reunía a tantas gentes extrañas e interesantes, nada podía salir mal. Así fue: nos lo pasamos chachi piruleta tanto con conocidos como con desconocidos. Disfrutamos plácidamente de todas las ventajas que supone dormir en tiendas de campaña: frío por las noches, espalda destrozada, una experiencia auditiva que como dice Ser nada tiene que envidiar al Dolby Surround (te pueden vendar los ojos y ser capaz de reconocer desde donde te hablan que si estás dentro de una tienda ni de coña), sensaciones desagradables. En definitiva, un delirio, un pasote. Puro purín.

En los conciertos no me enteré demasiado de las cosas que sucedían encima del escenario. Sin embargo, hubo un grupo que me fascinó. No es que me enamorasen, pero sin duda alguna no me dejaron indiferentes: Los Punsetes. La interpretación de la cantante, Ariadna, me dejó patidifuso: la misma capacidad de movimiento que la de una viga de hormigón. Imperturbable, miraba hacia el vacío, el único dinamismo que salía de su cuerpo se localizaba en la boca. En mi cabeza se amontonaban imágenes intentando buscar un símil a tal fenómeno: una muñeca hinchable con la boca controlada por un ventrílocuo, una máquina de feria con una bruja gitana en su interior, una estatua endemoniada por el espíritu de una cantante maldita. Como ya digo, aquella fascinación trascendía a cualquier deseo sexual o amoroso: era simplemente quedar admirado por la majestuosidad propia de un espectáculo de la naturaleza, como el despliegue de la cola de un pavo real o la potencia de un géiser.

Una vez llegada la sesión DJ, cual fue mi sorpresa al enterarme que la cantante se encontraba a escasos centímetros de nuestro grupo. Estaba de espaldas, otra vez imperturbable, presumiblemente recibiendo las coñas de su círculo por su estatismo en un oceáno de cuerpos con miembros descontrolados. En esto, ejecuta por primera vez un movimiento que no hace más que agigantar mi fascinación: se desliza hacia abajo como una serpiente, una especie de rápido y frenético bamboleo para después ascender por el mismo recorrido y recuperar en un abrir y cerrar de ojos la posición original. Todo esto con los brazos rígidos, tal cual como en el escenario. Intenté dejar de mirarla para no parecer un fan histérico, pero sólo las canciones que de verdad me enloquecen me apartaron de su figura.

En fin, pues ahí me encontraba yo, con este pequeño atrapamiento, incapaz de dirigirme hacia ella. Pensé en pedirle una foto pero…¿para qué? Acababa de conocer sus canciones, admiraba su particular modo de interpretarlas y su excentricidad, pero tampoco era algo que me volvía sumamente loco. Además, sería un momento bastante incómodo para ambos. Le comenté a Alicia mi admiración y mi temor a pedirle una foto y como si fuera el clásico amigo parado, allá fue ella a pedirle una foto con la cámara del móvil. Intenté excusarme pero daba igual: sacó la foto y ella permaneció, como siempre, quieta. Y aquí acaba toda la fascinación que me inspiró esta mujer/objeto (expresión despojada en este contexto de su connotación negativa) durante unas horas. El fanatismo histérico se quedó corto en esta ocasión (menos mal).