Los Punsetes

La cantante de Los Punsetes

Fui al Festival do Norte con una clara intención: pasármelo bien. Llegué sonándome únicamente el nombre de Los Planetas y teniendo vagas referencias del resto de grupos que iban a tocar. Tanto daba, acompañado de buenos amigos y en una leira que reunía a tantas gentes extrañas e interesantes, nada podía salir mal. Así fue: nos lo pasamos chachi piruleta tanto con conocidos como con desconocidos. Disfrutamos plácidamente de todas las ventajas que supone dormir en tiendas de campaña: frío por las noches, espalda destrozada, una experiencia auditiva que como dice Ser nada tiene que envidiar al Dolby Surround (te pueden vendar los ojos y ser capaz de reconocer desde donde te hablan que si estás dentro de una tienda ni de coña), sensaciones desagradables. En definitiva, un delirio, un pasote. Puro purín.

En los conciertos no me enteré demasiado de las cosas que sucedían encima del escenario. Sin embargo, hubo un grupo que me fascinó. No es que me enamorasen, pero sin duda alguna no me dejaron indiferentes: Los Punsetes. La interpretación de la cantante, Ariadna, me dejó patidifuso: la misma capacidad de movimiento que la de una viga de hormigón. Imperturbable, miraba hacia el vacío, el único dinamismo que salía de su cuerpo se localizaba en la boca. En mi cabeza se amontonaban imágenes intentando buscar un símil a tal fenómeno: una muñeca hinchable con la boca controlada por un ventrílocuo, una máquina de feria con una bruja gitana en su interior, una estatua endemoniada por el espíritu de una cantante maldita. Como ya digo, aquella fascinación trascendía a cualquier deseo sexual o amoroso: era simplemente quedar admirado por la majestuosidad propia de un espectáculo de la naturaleza, como el despliegue de la cola de un pavo real o la potencia de un géiser.

Una vez llegada la sesión DJ, cual fue mi sorpresa al enterarme que la cantante se encontraba a escasos centímetros de nuestro grupo. Estaba de espaldas, otra vez imperturbable, presumiblemente recibiendo las coñas de su círculo por su estatismo en un oceáno de cuerpos con miembros descontrolados. En esto, ejecuta por primera vez un movimiento que no hace más que agigantar mi fascinación: se desliza hacia abajo como una serpiente, una especie de rápido y frenético bamboleo para después ascender por el mismo recorrido y recuperar en un abrir y cerrar de ojos la posición original. Todo esto con los brazos rígidos, tal cual como en el escenario. Intenté dejar de mirarla para no parecer un fan histérico, pero sólo las canciones que de verdad me enloquecen me apartaron de su figura.

En fin, pues ahí me encontraba yo, con este pequeño atrapamiento, incapaz de dirigirme hacia ella. Pensé en pedirle una foto pero…¿para qué? Acababa de conocer sus canciones, admiraba su particular modo de interpretarlas y su excentricidad, pero tampoco era algo que me volvía sumamente loco. Además, sería un momento bastante incómodo para ambos. Le comenté a Alicia mi admiración y mi temor a pedirle una foto y como si fuera el clásico amigo parado, allá fue ella a pedirle una foto con la cámara del móvil. Intenté excusarme pero daba igual: sacó la foto y ella permaneció, como siempre, quieta. Y aquí acaba toda la fascinación que me inspiró esta mujer/objeto (expresión despojada en este contexto de su connotación negativa) durante unas horas. El fanatismo histérico se quedó corto en esta ocasión (menos mal).